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Diario Página 12
09-04-1998
Suplemento NO
Por Mariana Enríquez |
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Faltaban segundos para que ese riff sonara en
River. Un silencio extraño en la cancha, un silencio devocional. Se encendió una luz
blanca para iluminar sólo a Keith Richards, viejo lobo, el pelo blanco, las piernas
separadas, la guitarra. Y empezó "Satisfaction". Desde lejos, desde detrás del
arco, llegaba una bengala, una luz rosada en las manos de un chico con remera de Viejas
Locas, una bengala que burló todo el dispositivo de seguridad que prohibía la entrada
con pirotecnia. Y todo el estadio revoleaba las remeras sobre sus cabezas, como lo
hicieron en 1995, como lo harían cada vez, como Mick Jagger les enseñó a hacer hace 3
años. Los están saludando.
Es difícil hablar de un show de
los Stones. Porque lo que pasa es mucho más que un show, pero también es un show. Y como
es mucho más que un show, hay cosas que deben entenderse en más de un sentido. Si ya no
son los mismos, los que fueron, es una cuestión que, cuando Mick Jagger anuncia
"Lets Spend the Night Together", no tiene importancia. Los Rolling Stones
escribieron canciones tan indestructibles que hasta soportan que las toquen mal. Richards
y Wood no se entendían sobre el escenario, cada cual tocaba lo que le parecía y además
no lo hacían bien. Pero no importaba. A nadie le importaba. Porque lo que estaban tocando
mal era "Honky Tonk Women". O "Tumblin Dice". O "Lets
Spend the Night Together". O cualquiera de los 17 clásicos que tiene el show,
canciones inmejorables, inolvidables. Jagger sigue siendo el mejor, 36 años después.
Baila, provoca, lame la pierna de la estupenda Lisa Fischer, puede mover las caderas a los
54 años sin que nadie piense que es un señor mayor que ya no está para estas cosas.
Keith Richards sigue gloriosamente borracho, y es uno de los hombres con más carisma que
alguna vez haya pisado un escenario.
Verlo golpearse el pecho, tirar el
cigarrillo, moverse a grandes zancadas con paso mafioso y triunfal lo convierte en el
poster rockero por excelencia. Y es querible. Y da miedo, todo al mismo tiempo. Wood se
sigue comportando como el bufón y Charlie Watts todavía parece aburrirse e incomodarse
cuando lo ovacionan. Como si no estuviera acostumbrado.
Por eso, el que más disfruta un show de los Stones hoy es el fan. Es un show para los
fans, para los que pueden sentir eso que se siente cuando tocan los Stones, y
probablemente todo el que no sea fan puede pensar en lo mal que entra Richards, lo larga
que fue la versión de "Miss You" o lo inútil de cierta parafernalia visual (si
bien es mucho más discreta que en el show de Voodoo Lounge, apenas la pantalla circular,
la pirotecnia y un puente). Los fans estaban, para usar el término que tiene que usarse,
en llamas. Muchos de rodillas, literalmente. Muchos llorando, literalmente. La mayoría
sintió cómo se le erizaba la piel con "Sister Morphine". Y de eso se trata, y
es más que suficiente.
La Argentina tiene varias marcas
registradas para shows de los Stones, cantos, gestos, que no se repiten en ninguna otra
parte, según cuentan los fans que los vieron en otros lugares del mundo. El
"vamo los estón", por ejemplo. O las alabanzas de la banda a Charlie
Watts cuando Jagger lo presenta, reverencias que no repiten en ninguna otra parte
sencillamente porque en ningún otro lugar ovacionan tanto a Charlie Watts. El revoleo de
camisetas por sobre la cabeza, en círculo. La gran mayoría menores de 30.
Los riffs y o estribillos
transformados en "oh oh" futboleros. Las bengalas y los papelitos al principio y
al final. Y la fidelidad incondicional. Fue sorpresivo el furor con que recibieron temas
nuevos y anodinos como "Saint of Me". Es que si bien Bridges to Babylon no tuvo
buena crítica, los seguidores de los stones no tienen nada que ver con la crítica.
Razonan con un silogismo: los discos de los stones son maravillosos, Bridges to Babylon es
un disco de los stones, Bridges to Babylon es un disco maravilloso. "No podemos ser
objetivos", dicen. Y entre tantos chicos con remeras de Viejas Locas y aguante, se
mezclaba el rocknroll circus: Sol Acuña, Marcos Gastaldi, Fabián Vön
Quintiero,Juanse, el Pato Galván, Guillermo Vilas, Nicolás Pauls, el Bahiano, Andrés
Calamaro.
Los shows apenas se diferencian
entre sí. Cierta ilusión de espontaneidad la protagoniza el uso de Internet, cuando la
pantalla circular sobre el escenario muestra la lista de temas que están puestos en la
www.the-rolling-stones.com, para elegir. El domingo, la canción más votada fue
"Under my Thumb". El sábado, "Shes A Rainbow". También cambian
temas, pocos. Algunos cambios son, por lo menos, discutibles. El domingo, los
bienaventurados escucharon "Sister Morphine". Y el lunes, en ese mismo segmento,
"Anybody Seen My Baby". Bueno, no es lo mismo. Keith Richards también cambia su
set, cuando se queda solo en el escenario y recibe la devoción general. Quizá los que se
acerquen hoy al estadio tengan más suerte, porque hasta ahora la elección de sus temas
no ha sido la más afortunada. Igual, cuando Richards se queda solo con su público, poco
importa qué cante. Basta con que esté él, la leyenda, Keith, el hombre de los cuchillos
y el anillo de la calavera, que debería estar muerto pero está en Buenos Aires diciendo
"gracias" en castellano y poniéndose de rodillas a modo de teatral
agradecimiento.
Las banderas que colgaban de las
plateas (con zapatillas y bombitas llenas de agua para que no se volaran) delataban las
procedencias. Boulogne, La Plata, Cruce Castelar presente, Hurlingham, Caseros, Rosario,
Avellaneda. Todas, vinieran de donde vinieran, tenían pintadas una lengua, la misma que
estaba en las remeras y en las vinchas y tatuada en brazos y espaldas. Cuando no tenían
lengua, las remeras tenían la tapa de algún disco de los Stones, de cualquiera. O una
foto. Fotos de la gira de Voodoo Lounge, 1995. De la gira de Tattoo You, 1981. Fotos en
las que los Stones tenían flequillo, parecían una versión bandolera de los Beatles y
merecían que los diarios titularan "dejaría a su hija casarse con un Rolling
Stone". De 1969, cuando en Altamont despedían la década dorada con un fan muerto, y
se los llamaba Sus Majestades Satánicas. De cuando Brian Jones estaba vivo. De cuando
Bill Wyman, hoy próspero dueño de restaurant, todavía era un rolling stone.
El momento más impresionante de la
noche llega promediando el show, cuando un puente sale del escenario, se suspende sobre la
gente y se posa sobre un pequeño escenario cuadrado en el medio del campo. Los Stones lo
cruzan, y el puente se va. Y lo primero que se piensa cuando se los ve solos, casi
abandonados entre 30.000 fieles en éxtasis, es ¿se van a quedar solos ahí? Se quedan
solos ahí, desprotegidos: no pueden bajarse, no pueden irse: están rodeados. En ese
momento, los Stones quedaron a merced de la gente, que si pudiera subirse, o dar un
manotazo y hundirlos ahí, entre ellos, lo haría. Fueron tres temas, sobre ese escenario
solitario: "Little Queenie", "The Last Time" (o la obscena versión
blusera "I Just Wanna Make Love tou You") y "Like a Rolling Stone",
esa canción de Dylan que algunos stone creen fue escrita para y por esos cuatro señores
que están ahí, para celebrar sus vidas y sus andanzas. No es así, claro. Pero por un
momento lo es, cuando el estadio se enciende y 60.000 personas rinden culto a esos cuatro
que parecen frágiles, solos, en el medio.
Cuando los Stones vuelven al
escenario grande, todo está iluminado de un rojo infernal porque se viene "Sympathy
for The Devil", y la gente tiene preparadas más bengalas.
Ya no hay respiro. La lista sigue
así: "Tumbling Dice", "Honky Tonk Women", "Start Me Up",
"Jumpin Jack Flash". Final, vuelta y "You Cant Always Get What
You Want". Después, y por último, "Brown Sugar". Estallan cohetes,
llamaradas, papelitos brillantes, más fuegos artificiales. Saluda toda la banda. Saludan
Jagger, Richards, Watts y Wood. Afuera, los que habían estado en el estadio eran fáciles
de reconocer, porque los cubría el papel picado plateado. Y brillaban. |