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Diario Página 12
Suplemento RADAR
04-04-1998
Por Alfredo Rosso |
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Los Rolling Stones dividen las
opiniones como nunca en sus casi 40 años de historia: están los incondicionales (que
irán religiosamente a los tres shows de River), los curiosos (que se los perdieron hace
tres años y pretenden remediar esa gaffe) y están los desengañados (que no pueden
disimular su fastidio porque Jagger y Cía. siguen en la brecha y vuelven a robar). Antes
de que los shows del 29 y 30 de este mes y del 2 de abril sean elogiados o viviseccionados
hasta la saturación, Radar ofrece una visión de la saga rockera que va camino de
ingresar en el Libro Guinness de los Records.
La Inglaterra de los 50 vivía el shock de la
posguerra debatiéndose en una versión british del retrato que pinta el tango: la
verguenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Los días del imperio donde el sol nunca
se ocultaba habían terminado abruptamente con el nuevo reparto del mundo que anticipó la
conferencia de Yalta, cuando ya se avecinaba el final del demente sueño hitleriano del
Reich milenario.
La sonrisa de Churchill dibujada sobre su
inseparable habano parecía más una mueca irónica de resignación inevitable: la
verdadera pulseada por la repartición del planeta en dos grandes zonas de influencia
geopolítica la estaban jugando Roosevelt y Stalin. Inglaterra, la isla que la Luftwaffe
no pudo doblegar a pesar de los bombardeos de saturación, la que había dado hasta la
última gota de la sangre, sudor y lagrimas que le había exigido su anciano paladín
conservador, veía disolver su influencia a la de una potencia de segundo orden en el
ajedrez de la Guerra fría.
En esa Inglaterra que cicatrizaba lentamente de las
heridas bélicas, entre tarjetas de racionamiento y enormes descampados donde debían
reconstruirse barrios enteros, crecía una nueva generación ansiosa de quitarse de encima
el lastre de un orden social que no había cambiado sustancialmente desde la Época
victoriana. Hasta entonces, un adolescente era básicamente un adulto en miniatura que
reproducía, en escala, los valores de sus mayores. Se vestía como su padre sólo
que algunos talles menos, seguía la profesión o el oficio de su progenitor, pensaba como
El y aspiraba a transmitir esos valores a sus propios hijos. La vida transcurría sin
estridencias. Las penas del trabajo, los problemas hogareños o las frustraciones del
tedio y la falta de estímulos se ahogaban en el pub de la esquina, frente a una pinta de
cerveza. Sólo un milagro podía cambiar ese decorado cartón piedra, y ese milagro se
llamó rock and roll.
SEXO Y SUDOR
A mediados de los 50 la música popular inglesa
estaba dominada por baladistas de la escuela crooner y por las grandes (y desvaídas, en
la versión inglesa) bandas de jazz tradicional que animaban los grandes salones de baile.
Era la música de los mayores, prolijita y aprobada. Pero la llegada de las imágenes de
un joven cantante sureño norteamericano llamado Elvis Presley, traídas a la isla en
blanco y negro por los flashes de los noticieros cinematográficos, tenían un contenido
de magia y electricidad que produjo un contagio masivo e instantáneo en los adolescentes
británicos. Ese ritmo era algo totalmente inaudito. Rezumaba vigor, adrenalina y sexo.
En pocos años Inglaterra se llenó de miles de
grupos deseosos de producir su propia versión de esa música vibrante y liberadora. Los
más audaces e investigadores se atrevieron a bucear en las raíces de ese rock & roll
y descubrieron la rica herencia del rhythm & blues, a su vez heredero de la tradición
de los pioneros del Delta del Mississippi. Los barcos que recalaban en los puertos de
Liverpool y Southampton traían una carga extra desde el otro lado del Atlántico: oscuros
simples de 45 rpm, con los nombres de Chuck Berry, Bo Diddley, Muddy Waters, Howlin. Wolf,
Slim Harpo, Jimmy Reed y otros músicos ignotos para el gran público. Estos discos
llegaban a unas pocas casas especializadas y eran literalmente arrebatados por jovencitos
que aún no alcanzaban los veinte años pero que ya poseían un amplio conocimiento del
evangelio del rhythm & blues. Dos de ellos provenían de un suburbio del suroeste de
Londres llamado Richmond y habían descubierto en el pupitre de la escuela secundaria que
compartían un amor en común por el rock & roll. Se llamaban Mick Jagger y Keith
Richards.
CONTRA LOS BUENOS MODELOS
Los días formativos de los Rolling Stones ya
forman parte del folklore colectivo del rock internacional. Debemos señalar, sin embargo,
que hubo un puñado de años cruciales, los que van de 1962 a 1964, en el desarrollo del
naciente rock inglés. Es importante comprender, además, que este desarrollo no se dio en
el vacío. La Inglaterra adormilada de la inmediata posguerra había comenzado a despertar
en varios frentes: en la literatura y el teatro fue la Época de los Angry Young Men (la
generación de escritores que cuestionaba a través de sus obras valores hasta ahora
intocables como la monarquía, la rígida estratificación en clases sociales, la moral
victoriana y los efectos destructivos de la diaria rutina laboral). En el ámbito
político, los jóvenes comienzan a movilizarse ante el peligro de una guerra atómica
(especialmente después de la crisis de los misiles soviéticos emplazados en Cuba en
1961). Esta nueva postura de los jóvenes frente a su sociedad y su tiempo impregna desde
el vamos el rock inglés de los 60 en general y el de los Rolling Stones en particular. Al
principio es más una cuestión de actitud e imagen, cuyos aspectos más visibles son la
ropa informal sobre el escenario (en un ámbito caracterizado por grupos prolijos y
atildados) y en el largo sobrenatural de los cabellos, complementando una música que se
vuelve más ambiciosa con cada presentación.
A diferencia de otros grupos ingleses de rhythm
& blues blanco, los Rolling Stones sacan ventaja por la idoneidad de sus músicos
la escena de Jagger, la versatilidad de Brian Jones en diversos instrumentos, la
guitarra zumbona de Richards y el sólido apoyo de la base rítmica Watts Wyman, además
del dúctil piano del sexto Stones Ian Stewart pero, además, porque consiguieron
decantar la parte más tabú, más sexualmente agresiva de la música negra: el R&B de
Memphis y de Chicago. Las reacciones de histeria masiva que desatan temas como, Route
66, I just wanna make love to you, Everybody needs somebody to love o Little red rooster en
aquellos primeros recitales son el testimonio de que el público en verdad se transformaba
con los Stones: en esos conciertos no alcanzaban el tercer o cuarto tema antes que un
puñado de exaltados irrumpiera en el escenario precipitando el final.
Esta visión apocalíptica de un grupo de rock
poniendo de cabeza los buenos modales británicos, dejando a su paso un tendal de teatros
con butacas destrozadas o arrancadas de cuajo, pronto atrajo al elemento sensacionalista
del cuarto poder, que comenzó una campaña para consagrar a los Rolling Stones como
enemigos públicos número uno del orden y la moral, escalada que culminó con aquel
célebre titular de tabloide dirigido, sin duda, al súbdito inglés pundonoroso y
temeroso de Dios: ¿Dejaría usted que su hija se case con un Rolling Stone?.
El reino ya tenía su grupo pulcro, atildado y
querido por igual por nietas y abuelas, que eran los Beatles, con las uñas largas que
habían desarrollado en los lupanares de Hamburgo prolijamente limadas por Brian Epstein.
El entonces manager de los Stones, Andrew Loog Oldham que de tonto no tenía un
pelo comprendió enseguida lo que tenía que hacer: explotar esa veta de renegados y
marginales que la prensa le endilgaba a sus protegidos, hasta las últimas consecuencias.
Los Rolling Stones serían la imagen opuesta de los Beatles.
NO CONSIGO SATISFACCION
Otro triunfo estratégico de Oldham fue
persuadirlos de ponerse a componer. Los Rolling Stones originales eran excelentes
intérpretes de rhythm & blues y soul americano, pero si querían establecer una
personalidad propia en el ya hipercompetitivo mercado del rock inglés (donde ya
funcionaban los Who, Kinks, Animals, Pretty Things y Spencer Davis Group, entre muchos
otros), debían escribir sus propias canciones. Comprensiblemente, los primeros intentos
de temas propios (Little by little, Heart of stone o What a shame) seguían la
estructura propia de sus Ídolos de R&B, pero ya en temas tan tempranos como Off
the hook se aprecia esa mezcla de frustración, duda y desconfianza ante el sexo
opuesto que les valieron a Jagger y a Richards las primeras acusaciones de misoginia, pero
que tan bien resume las difíiles relaciones de las parejas inglesas de entonces. La
creciente popularidad de los Rolling Stones, su primera gira por Estados Unidos y la
valiente decisión de ir a grabar a los estudios Chess, donde se habían registrado tantos
discos de sus músicos favoritos, sumado al fogueo de recitales constantes, le dio a la
banda una nueva confianza en sus propias fuerzas. Durante una de estas visitas a
Norteamérica se gestó el primero de los grandes éxitos del grupo: (I can´t get no)
Satisfaction. El concepto sociedad de consumo recién se hizo popular a partir de
1967, pero los Rolling Stones ya lo estaban anticipando a través de un ritmo irresistible
y de un protagonista que va en su auto y sale un tipo de la radio para decirme cuán
blancas pueden ser mis camisas / y yo no puedo obtener satisfacción / y el tipo de la
tele me dice que no puedo ser un verdadero hombre porque no fumo los mismos cigarrillos
que él.
Aunque no se les dé justo crédito por ello,
los Rolling Stones fueron también uno de los primeros grupos en comprender la importancia
del cambio de orientación del mercado discográfico, del disco simple de 45 rpm al álbum
de doce o catorce canciones. El longplay existía desde 1948, pero hasta bien entrados los
60 era tratado como un rejunte de temas, destinado a contener una o dos canciones que
habían sido simples exitosos y completado con rellenos de calidad variable. Ya desde sus
primeros álbumes (The Rolling Stones, The Rolling Stones volume 2, Out of our Heads)
exhibían un tratamiento parejo y respetuoso de su repertorio de larga duración, algo que
se acrecienta aún más con la aparición de Aftermath en 1966.
En el mundo del rock se abraza la noción de album
conceptual cuando todas las canciones conforman una unidad temática (Tommy de The Who,
The Dark Side of the Moon de Pink Floyd). Pero los Stones concretan en Aftermath
(1966) una unidad conceptual de enfoque, de actitud. Y es una actitud de pocos amigos, por
cierto. El protagonista de Paint it black está peleado con el mundo y
quiere ver todo de negro; la chica-fashion de Stupid girl recibe un gaste de dos
minutos y medio y uno ciertamente no querría estar en los zapatos de la destinataria de Under
my thumb: Bajo mi pulgar / esta la chica que alguna vez me tuvo a su merced / bajo mi
pulgar / esta la chica que alguna vez me trató con prepotencia. Pero los Stones de
Aftermath no son pura misoginia: Flight 505 toca con ironía el tema de la
impotencia de la fama ante los caprichos del destino, y algo similar pasa con High and
dry. Musicalmente, Aftermath es también un punto de inflexión, dando comienzo a una
etapa experimental del grupo. El uso de cítaras (cortesía del siempre inquieto Brian
Jones), la recurrencia a ritmos folk, la inclusión de un extenso tema improvisado en el
estudio (I´m going home) y la monolítica performance de la banda de principio a
fin, hablan de un notorio proceso de consolidación interna.
Y DROGAS TAMBIEN
Llega 1967 y al rock inglés, tanto como al
norteamericano, le estalla la revolución psicodélica. La marihuana y el LSD son los
catalizadores preferidos para expandir la mente, pero las drogas alucinógenas son sólo
un elemento más de una filosofía de oposición al sistema, que tiene sus principales
ideólogos en la ciudad de San Francisco, principal escenario del Verano del Amor. Los
jóvenes que convergen de a miles en San Francisco buscan un proyecto de vida diferente,
desprecian la sociedad consumista plástica de sus mayores y queman en
público sus tarjetas de reclutamiento, como símbolo de violenta oposición a la guerra
de Vietnam. Los grupos más populares de la movida Grateful Dead, Jefferson
Airplane, Country Joe & The Fish suelen hacer causa común con sus audiencias,
tocando gigantescos recitales al aire libre, a menudo gratis, o cobrando una entrada
económica destinada a fomentar causas vinculadas con la contracultura joven. En Londres
surgen bandas como Cream, Traffic y Pink Floyd, que mezclan la vieja base de rhythm &
blues con experimentos mucho más osados. Los Beatles, con un timing admirable, editan
Sargento Pepper y cambian otra vez las reglas del juego del rock. Todo es posible: usar
cintas al revés, bandas de bronces, sonidos orientales, ritmos de vaudeville.
En medio de tantas flores, los Rolling pasan un
año terrible. El viejo establishment inglés, ansioso de cobrarles las cuentas
pendientes, parece decidido a quebrarlos física y moralmente a través de una
persecución casi sistemática que usa por excusa la supuesta posesión de drogas.
Richards, Jagger y especialmente Jones entran y salen varias veces de la cárcel. Como
fuere, todavía les queda tiempo para grabar uno de sus simples más osados, Let´s
spend the night together en el que, a una sociedad que todavía no había logrado
digerir la inminente revolución sexual, Jagger les dice: Satisfaré cada uno de
tus deseos / y sé que habrás de satisfacer los míos / pasemos la noche juntos / te
quiero más que nunca. Un juego de niños visto desde 1998, pero 31 años atrás
estas estrofas motivaron un arrebato del conductor de TV norteamericana, Ed Sullivan,
quien obligó a Jagger a cambiar la letra antes de sacarlos al aire.
Curiosamente, aunque el 67 los trató
bastante mal, los Rolling tuvieron tiempo de editar dos álbumes: Between the Buttons,
un collage iluminado de pequeñas viñetas con tintes psicodélicos, baladas y R&B de
buena cuna, al que quizá le faltó un hit definitivo para hacer pie en esos meses
de tanta riqueza discográfica, y Satanic Majesties, que les fue bastante peor,
debido a las inevitables comparaciones con Sargento Pepper. Al igual que el álbum de los
Beatles, Majestades traía una tapa colorida y original, con una foto en tres dimensiones
y algunos símbolos psicodélicos sueltos aquí y allá, pero las similitudes terminaban
allí. Los Rolling anticipaban cuestionamientos filosóficos futuristas en temas como 2000
Man, comentaban con ironía y cierta melancolía sus recientes experiencias
carcelarias en Citadel y experimentaban con ritmos e instrumentos exóticos en el
resto del album.
FIN DE FIESTA
Para mediados de los 60, los Rolling Stones habían
contribuido como pocos a alimentar el fuego de los cambios sociales en Inglaterra tan
sólo exhibiendo el desparpajo y la soltura propias de una banda de rock independiente,
que no toleraba durante mucho tiempo como pronto comprobaría el propio Oldham
a quienes intentaran modelar o moderar su imagen. Ahora, hacia fines de la década, cuando
pocos creían en una resurrección de la credibilidad de la banda, Jagger & Cía
fueron de los primeros en observar que el ídolo de paz y amor blandido por los hippies en
el Verano del Amor tenía los pies de barro. Jumpin. Jack Flash y Street Fighting Man,
dos simples de 1968, anticipaban el fragor de las luchas estudiantiles parisinas de esos
días y también el encarnizamiento de los choques entre la policía y los opositores a
Vietnam en Estados Unidos que ocasionó la masacre de la Universidad de Kent State. El
album Beggars Banquet, aparecido a mediados del 68, era un verdadero
informe de situación a la vez que reunía la mejor música que los Rolling Stones hayan
grabado antes o después. Entre poemas de amor en lenguaje de blues (como No
expectations) y risueños dramas sentimentales en veta country (como Dear Doctor),
navegaban perlas de sensibilidad social (como The salt of the earth) o el tema
que se convertiría en insignia para el grupo, Sympathy for the Devil
(erróneamente traducido como Simpatía por el diablo cuando lo correcto sería
comprensión o consideración). A lo largo de cinco minutos, Jagger persigue al
Angel Caído, y acusado de todos los males del mundo, a través de un sinfín de
acontecimientos histórico-sociales, como la condena de Cristo a manos de Poncio Pilatos,
la sangrienta toma del Palacio de Invierno durante la revolución bolchevique de 1917 y el
abrumador avance de los tanques de Hitler en pleno fragor de la Segunda Guerra: Y así
como cada policía es un criminal / y todos los pecadores, santos / así como la cara es
ceca / llámame Lucifer / porque necesito algún tipo de límites / ¡Mucho gusto! espero
que adivines mi nombre / sé que lo que te confunde es la naturaleza de mi juego.
Mientras Jagger preparaba esta letra, en Vietnam la ofensiva del Vietcong terminaba con
cualquier ilusión de un final rápido y victorioso para ese conflicto que se iba
convirtiendo más y más en un vergonzoso forúnculo para los generales del Pentágono. El
final de la década sería con dientes apretados, alternando la ilusión acuariana del
festival de Woodstock y la llegada del hombre a la Luna, con la muerte de Brian Jones, los
asesinatos del Clan Manson y el gigantesco cóctel de malas ondas que significó el
Festival de Altamont cierre de la gira estadounidense de los Stones donde un
miembro de los Hell´s Angels apuñaló hasta la muerte a un espectador que blandía un
revólver a escasos veinte metros de donde Jagger cantaba la canción de Lucifer.
LA RESACA DEL DIA DESPUES
Si los 60 fueron los años de las utopías de paz y
amor, la década siguiente fue la gran resaca del día siguiente. La industria
discográfica, favorecida por la revolución en las comunicaciones que significó la
difusión masiva de las emisoras de FM y las transmisiones televisivas vía satélite,
empezó a expandirse a un ritmo sin precedentes. La popularidad masiva de grupos de rock
como Led Zeppelin, Pink Floyd, Deep Purple y los propios Rolling Stones hizo el resto: en
poco tiempo las ganancias se centuplicaron y el concepto de disco de platino empezó a
formar parte de la lingua franca de los ejecutivos de grabadoras.
A esa altura, los Stones ya habían probado el lado
oscuro del negocio. Les había costado mucho dinero librarse de su viejo grabadora, Decca,
un sello conservador a ultranza con el cual ya no se miraban a los ojos desde hacía
años. La popularidad masiva, con su carga de adulones, groupies, dealers y monitores de
todo tipo rondando a los músicos día y noche, también había dejado su impronta en la
banda.
Con nuevo guitarrista Mick Taylor, los Rolling
Stones graban tres de sus álbumes más recordados: Let it Bleed, Sticky Fingers y
Exile on Main Street, donde se despachan a gusto con varios de los temas que los
acuciaban en esos días. Algunos temas son verdaderos hitos, como Gimme shelter, cuya
letra y música ominosas reflejan palmo a palmo ese clima de inseguridad e incierta
amenaza que se palpaba en el aire: "Ooh, una tormenta amenaza mi vida misma hoy / si
no consigo refugio / voy a desaparecer / la guerra, niños, está a un solo tiro de
distancia. Wild Horses, Sister Morphine y Rocks Off eran ecos de la soledad y la
alienación que no parecían respetar ni siquiera a las estrellas de rock.
Mientras muchos hippies de ayer se transformaban en
los ejecutivos del mañana, mientras miles de inocentes morían sacrificados en los
altares de fundamentalismos militares, mientras un Nixon vencido dejaba la Casa Blanca
tras el bochorno de Watergate, los Rolling transitan la elegante decadencia de su primer
roce con el superestrellato. Los álbumes Goat Head´s Soup y It.s Only Rock.n.Roll
hablan justamente de eso: urbes donde policías exacerbados matan inocentes, groupies de
estrellas de cine, danzas macabras con el diablo a cambio de quién sabe qué prebendas: Es
sólo rock n roll , dice, en efecto, Jagger, pero me gusta.
NO FUTURE FOR YOU !
Tras la partida de Mick Taylor, visiblemente
exhausto del tren stoniano del exceso sin obtener el crédito musical al que se
consideraba acreedor, los Rolling derraparán con dos discos inconsecuentes: Black and
blue y Love You Live. Atrapados en un entuerto legal por el persistente hábito de
heroína de Richards, complicados por problemas familiares de divorcios y nuevos
matrimonios, no era el mejor momento para recibir un cachetazo musical-ideológico, pero
la vida te da sorpresas. Léase, el punk. Desde el corazón de Londres, Johnny Rotten y
sus Pistols lanzan sus lenguas venenosas pidiendo el retiro de los gerontes del rock and
roll por caducos y por irrelevantes. Los Stones sonríen, displicentes, pero le dedican al
asunto un par de minutos de consideración y ya con su nuevo guitarrista, Ron
Wood hacen de su siguiente álbum Some Girls un ejercicio de aggiornamiento
sonoro: producción limpia y metálica y un repertorio con la crudeza del punk,
reservándose el tema principal (Miss you), sin embargo, para emular eficazmente
el otro fenómeno musical de la era: la música disco.
EL ROCK ESPECTACULO
Es curioso cómo hay etapas que se queman
aceleradamente. Entre 1977 y 1980 el punk se domesticó y se transformó en New Wave. Un
demente acabó de cuatro tiros con uno de los grandes referentes de las utopías
sesentistas, que a la vez siempre había tenido la cabeza en la tierra: John Lennon. El
rock de los 80 se sumergió en el tecno, se sofisticó con innumerables adelantos sonoros
y alumbró una cadena de difusión masiva en los albores mismos de la TV cable: la
estación MTV. La década vio un desfile de rockers pulcros y presentables, encaramándose
en los charts al compás de ritmos new romantic o baladas lacrimógenas: un rock bien
vestido y opulento, acorde con el milagro económico que prometía la administración
Thatcher en Inglaterra y el viejo cowboy Reagan del otro lado del charco.
Con un oído atento a los cambios y el otro en su
propia música, los Stones sofisticaron su show escénico para adaptarlo a la realidad de
los estadios, único hábitat que podía albergarlos desde principios de los 70:
escenografías cada vez más complejas, pantallas gigantes y aprovechamiento de la
tecnología inalámbrica permiten a Jagger hacer aerobics por multitud de rampas, mientras
recorre las estrofas de viejos hits. Ni la cada vez más frecuente ocurrencia de músicos
invitados para reforzar la estructura básica de la banda, ni la deserción del bajista
Bill Wyman a principios de los 90 han alterado en forma significativa el básico show de
rock and roll que los Rolling ponen gira tras gira sobre el escenario durante dos horas y
pico. Mientras el mundo se acerca al cambio de milenio, la banda decana del rock
internacional ha visto florecer y menguar otros varios fenómenos en el último decenio:
el furor del grunge llegó, brilló fugazmente y se diluyó, así como los varios
coletazos del rock alternativo se asimilaron con mejor o peor suerte al mainstream.
A diferencia de músicos que podrían ser hijos
suyos y que no paran de acaparar centimil en la prensa especializada, los Rolling Stones
parecen cobrar vida solamente cuando están "en el camino". Entre el enjambre de
álbumes costumbristas y/o mundanos que han soltado sobre el mundo en estos últimos 18
años (Emotional Rescue, Steel Wheels y Bridges to Babylon son los que más
rápidamente vienen a la memoria), Jagger, Richards y el resto se las han arreglado para
sorprendernos un par de veces con discos superiores a la media y a lo que uno buenamente
siente que puede esperar de ellos, como Tattoo You, Dirty Work o Voodoo Lounge.
Cuando se produjo el largamente esperado debut de
los Rolling Stones en Argentina, en febrero de 1995, el público local adoptó dos
actitudes claramente diferenciadas. Hubo, por supuesto, una legión de fans leales que
abarrotaron el estadio de River Plate durante cinco noches (en total, 300.000
espectadores). Fueron muy pocos los que dejaron el estadio insatisfechos: es más, el
consenso general es que los Rolling Stones se bancaron la parada con un show de rock and
roll mucho más que competente. Hubo energía, hubo música bien tocada y, si lo que se
palpó de a ratos en la química Jagger-Richards-Watts-Wood no era pasión, al menos
resultó un sucedáneo muy eficaz. La otra actitud provino, en general, de gente, otrora
rockeros puristas, que se propuso firmemente no ir a verlos, endilgándoles ser la
personificación de toda la decadencia que se abalanzó sobre aquel rock esclarecido de
los años 60 y su travestismo en un mero espectáculo de masas. Me permito sugerir que
este reduccionismo simplista quizás esté revelando más acerca del colapso de las
utopías personales de estas personas que una supuesta traición ideológica de parte de
Jagger & Cía. Por mi parte, encaro la nueva llegada de los Rolling a nuestro país
con una serena alegría. No aspiro a emocionarme hasta las lágrimas ni a experimentar
alguna inesperada epifanía ante la visión del grupo pero sí sé que voy a escuchar a
una de las mejores bandas que dio la música de los últimos cincuenta años, poniendo
arriba del escenario un show de gran nivel. Pero, sobre todo, voy a recordar que esos
tipos que están ahí arriba ayudaron con su música, con su arte, a que mi vida fuese
diferente: más colorida, más excitante, mejor. Si el resto es sólo rock & roll,
admito que me sigue gustando. |