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Diario Clarín
31-03-1998
Espectáculos
Por Fernando García |
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Intérpretes: The
Rolling Stones
(Mick Jagger, Keith Richards,
Ron Wood, Charlie Watts y
músicos invitados)
Género: Rock
Lugar: Estadio de River
Fechas: 29 y 30 de marzo,
2 y 4 de abril...
Muy bueno |
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Panorama desde el puente: Una imagen
de la espectacular escenografía lumínica stone, en su primer show aquí. Como el
público, Jagger revoleó un pañuelo al estilo Soledad. Los arroyos amorfos y
multidireccionales de marea humana (Adán y Eva rollinga) conformaban una suerte de postal
en tres dimensiones, ésas que hay que mirar con ojos de vaca para distinguir la verdadera
trama tras el diseño, para cuando los Rolling Stones se despedían de la isla del rhythm
& blues. La isla es, desde el domingo y hasta que el grupo diga chau en su cuarta,
quinta o sexta (un rumor insistente en los pasillos de River) función, el escenario que
brota en el centro de la cancha y a donde los rockeros vitales y vitalicios llegan
transportados por un puente levadizo de cincuenta y dos metros.
Hasta ahí viajan Mick Jagger (el
gato que está feliz y de amarillo), Keith Richards (el fabuloso calavera), Charlie Watts
(el baterista zen) y Ron Wood (el absoluto identikit stone) saltando de la escenografía
computarizada hasta 1965 para tocar ritmo y blues con armónica y todo. Y ahí, en la
isla, es donde el diablo, que sabe por viejo pero también por majestad satánica, pasa de
la observación al gesto en un minuto.
Sí, sí. Estamos en la Argentina,
tal vez el único lugar del mundo donde los Stones tienen un público tan joven. Tan reo.
Tan fiel. Y donde se celebra la milagrosa permanencia del grupo agitando remeras y buzos a
lo gaucho. Jagger observa (en todas las giras se aprende algo nuevo) y tuc!, revolea un
pañuelo que le llega de la marea humana tridimensional.
Jagger hace de Soledad, okey, y
sucede algo nuevo en esta Buenos Aires lamida obscenamente por el isotipo rolling (el de
la lengua, claro) desde fines de los setenta. Jagger, que le enseñó a mover las caderas
a este ejército de chicos y chicas en cuero y jardinero (che, supimos tener concursos de
baile Jagger aquí), está aprendiendo de ellos el paso de la semana.
Entonces el eslogan ese que dice
que "los stones son argentinos" es más que un lugar común, y se cumple porque
Mick Jagger (mejoró ostensiblemente su castellano) se mueve como sus criaturas del Cono
Sur pero más, porque para esta gente el grupo sigue siendo el más caro sinónimo de
rock. Exactamente la obsesión que los hace a ellos seguir en pie: ser la banda de rock
and roll más grande del mundo.
Para eso los Rolling Stones han
evitado seguir rodando como una orquesta típica a lo B.B.King y prefirieron defender su
cetro en las cambiantes mareas del pop. Entonces, los tenemos compitiendo codo a codo con
la tecnología de los U2 (esta vez la vedette absoluta fue la imagen: un infierno, los
seguidores y la mejor definición posible en la pantalla) y cumpliendo con los requisitos
que la industria impone: discos nuevos, videos, giras bate-récords y disco en vivo de la
gira bate-récords.
Todo esto queda claro en River
siguiendo la lista de temas que el grupo elige para su debut local del tour Puentes a
Babilonia. Están los superclásicos (por suerte privilegian la versión sixtie de Bajo mi
pulgar a la rancia del disco en vivo del 82), los rescates emotivos del archivo (la balada
Hermana morfina fue el momento musical más alto) y el compromiso de estrenar temas
nuevos.
¿Temas nuevos? ¿Para qué? El
disco anterior, Voodoo Lounge ya ni lo tocan y es posible que las páginas de Puentes a
Babilonia que sonaron el domingo estén ausentes si (Dios, ¿sucederá?) el ciclo de la
vida stone (post-vida a esta altura) se renueva en el próximo siglo. De hecho, es Start
me Up (según Juanse, la Sinfonía stone) el tema emblemático más moderno que el grupo
toca y que la gente espera. Y tiene... dieciséis años! Sucede entonces que Mick
Jagger, Keith Richards, Charlie Watts (otra vez la ovación increíble) y Ron Wood (el
"puto loco", según Mickie) terminan siendo los intermediarios más valederos
entre el público, el espectáculo grandioso de música pop y Rolling Stones, palabras
mágicas que aún hoy son usadas como contraseña de rock. Entonces, el nombre del grupo
está más allá de lo que estos músicos y sus invitados (el público ya le dio
categoría de ídola a la negra Lisa Fisher) puedan hacer sobre el escenario.
Los intermediarios están lejos de
ser la mejor banda de rock del mundo pero, obvio, son quienes más cerca están de esa
entelequia en la que el público deposita su fe de una manera conmovedora. Y hay momentos
durante este show por donde circulan canciones que, más que buenas, malas o lo que fuera,
resultan definitorias, en los que el eco del momento en que fueron escritas llega
misteriosamente al oído.
Tenemos uno cuando empieza todo y
la figura pequeña de Richards avanza bajo una pantalla que escupe fuegos de pirotecnia.
El stone más venerado por su tribu toca la introducción de Satisfaction (en la soledad
del poder tecnológico) y tenemos en estado puro la secuencia de la película en la que
los Rolling dejaron de ser una estudiantina del blues de Chicago para saltar hacia
adelante y llegar hasta hoy.
Esas notas los hicieron eternos, y
ahí los tenemos en la improbable tarea de acompañar desde el escenario un nombre, una
marca, una fe, que vivirán para siempre. Por la tarde, durante una transmisión radial
que cubría los preparativos con la expectativa de un día D, una locutora se preguntó:
¿Es esto perfectible? La respuesta está en las mismas personas del megaescenario de
River, veinte años atrás. |