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Diario Clarin
10-02-1995
Espectáculos
Por Marcelo Franco |
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Intérpretes: The
Rolling Stones
(Mick Jagger, Keith Richards,
Ron Wood, Charlie Watts
y músicos invitados)
Género: Rock
Lugar: Estadio de River
Fechas: 9, 11, 12,
14 y 16 de febrero.
EXCELENTE |
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Rolling Stone en
River Primer show
Rock. La primera noche de
los Stones en River, más allá de sentimentalismos y rivalidades, sirvió para probar que
Jagger y compañía merecen ser tenidos en cuenta como una incesante fuente de novedades
artísticas. El público argentino rindió una asignatura tres décadas pendientes y, por
fin, pudo obtener satisfacción.
En conclusión. Uno
de los espectáculos más impresionantes que se hayan visto en la Argentina.
Las luces de estadio se apagan para que, por un instante, la incógnita asuma el
tamaño es mesurado de esa humanidad sesenta mil veces stone que se amontona en River.
Mezclados entre el público están los que esperaron tres décadas para que finalmente
suceda el milagro pero también los que vinieron a desconfiar qué hay de cierto en el
mito. Rayos rojos y verdes maquillan el ambiente de tensión hasta que un cachetazo de
fuego pone a la multitud sus pies sobre la tierra. Los Rolling Stones suenan en punto su
metalizada versión de Not fade away y la garganta argentina ruge con pasión nacional que
esta noche ellos son Gardel.
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El Peso de la Camiseta
Por Charly García
Lo que más me
impacto del concierto de los Rolling Stones es la camiseta. La forma en que la llevan
cómo la transpiran y cómo la defienden. Tal vez ese sea el secreto de todos estos años:
cuando parecería haber alguna desconexión entre ellos, algo sucede, y creo que es que
cada uno ve en el otro la misma camiseta. Es asombroso cómo resuelven pasar de la mitad
de cancha y llegar hasta el gol.
Me gustó que
tocaran lo más viejo al principio, como Not Fade Away, Tumbling Dice y Its All Over
Now, mientras proyectan en las pantallas lo que parecería ser un filme viejo y en
realidad son las imágenes de ellos, ahora. Cuando escuchaba esos temas pensaba que una de
las causas (por segunda o tercera vez, no recuerdo bien), fue por tener el LP de los
Rolling Stones y vestirme como Brian Jones.
Jagger es
impresionante y, más allá del despliegue que hace, lo impresionante es cómo está
cantando y cómo representa las cosas. En ese sentido es como un actor; no es cuestión de
creerle o no, sino de dejarte llevar y que te haga creer lo que te cuenta. El tipo me
seduce, y me gusta que el límite entre lo que es verdad y lo que es una representación
se torna difuso en el escenario. Le creo aunque me engañe, y de eso se trata el arte.
Más que ser un diablo, Mick Jagger es un agente de relaciones públicas.
Otra de las cosas
que me llamaron la atención es el repertorio. Me da la impresión de que para la
Argentina eligieron canciones con cierto filo político. Como Undervocer, que habla de los
desaparecidos y Gimme Shelter, Street Fightin Man y Sympathy For The Devil. Su
espectáculo visual es absolutamente shockeante. No creo que la gente haya sido
sobrepasada, sino que en determinados momentos decidieron parar la euforia y escuchar lo
que venía del escenario. Porque más allá del efecto visual, lo fuerte sigue siendo
ellos; si no tocaran de esta manera, todo lo demás sería ridículo.
El Voodoo Lounge es
una vuelta de tuerca más a lo que ya hicieran en la gira de Steel Wheels, que yo vi en
los Estados Unidos. Pero la base de todo, insisto, sigue siendo la música. Ese es el
sustento más grosso que pueda tener cualquier banda. |
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La versión 1994 de la banda
fundada por el cantante Mick Jagger y el guitarrista Keith Richards ha recuperado algo de
la franqueza rockera con la que vieron al mundo en los primeros sesenta. Son de nuevo, a
pesar de las parafernalias varias, un grupo que recalienta la sangre de sus viejos éxitos
cada vez que los echa a rodar. Atrás quedó ese aparatoso transatlántico de orgiásticos
excesos en el que se convirtieron durante buena parte de los ochenta, para sufrimiento de
sus cuerpos mortales (ni qué hablar de sus cuentas bancarias) y quebranto de sus
fanáticos en discos. Su sonido ha vuelto a cotizar en alza para debacle de la sobreoferta
de imitaciones sutilmente mejoradas que prosperaron durante el retiro.
Embarcados en hipnótica travesía,
los asistentes a la primera fecha argentina del Voodoo Lounge Tour viajaron a bordo de la
nostalgia en blanco y negro de las imágenes de inspiración cinematográfica o despegaron
en travesía futurista cuando la plataforma se acribilló de estrellas. La gigantesca
pantalla de video que se alza a espaldas de la banda es una ventana abierta a las
fantasías más lanzadas de Jagger y compañía, desde las recurrentes mutaciones de la
lengua que se niega a descansar hasta la erótica comparsa visual que acompaña los
acordes de Honky Tank Women. De repente, una pareja baila sus cuerpos irresistibles al
influjo de un saxo lúbrico y al rato, el escenario es un cajón infantil tamaño
monumental excedido de juguetes inflables. La mesura nunca fue una virtud stone. Bueno,
sigue sin serlo...
El repertorio recorre con
interesada buena voluntad el mapa de canciones trazado por esa aceitada máquina de
fabricar éxito que son Jagger y Richards. De los veintitrés temas interpretados la
primera noche, solo cinco fueron rescatados de la última producción discográfica: el
resto el sacó lustre al capital acumulado durante, principalmente, los sesenta y setenta.
Cada cual elegirá los propios pero, es seguro, hay capítulos que irán a parar a las
páginas históricas del rock argentino: el balazo romanticón de Out of Tears/Angie
impactando el corazón de la multitud, Sympathy For The Devil alterando la paz audiovisual
en agresivo sermón, el gran final que va de Start Me up a Jumpin Jack Flash con
todo el mundo revoleando lo que hubiera para revolear.
Poner en duda la legitimidad
popular, que por estos días acompaña la presencia de los Rolling Stones en la Argentina,
sería tan corto como dudar de la mismísima ley de gravedad. Están los que van a verlos
como si fueran la imagen viva de la rebeldía, están los que van a escucharlos en
aparatosa señal de frivolidad. Ellos, por las demagógicas duda, saludan a diestra y
siniestra. Desde el comienzo hicieron gala de rebeldía a la hora de los dichos y
ambición en el momento de los hechos. Soportaron en pie la comparación con bandas más
dotadas estéticamente (Los Beatles, sin ir más lejos) y solistas mejor intencionados
éticamente (Bob Dylan, para ser claros). Sus letras siguen hablando de sexo y de rock
pero han dejado en el camino las drogas, la tercera pata de la trilogía que los volvió
famosos. Las discusiones sobre su mérito chocan contra una verdad inamovible: cualquier
artista que artes décadas de su debut mantenga una cuota periódica de novedad merece ser
tenido por alguien serio. Es el caso.
Por estos días, se multiplican por
miles los azorados ciudadanos que solo atinan a preguntarse qué subterránea atracción
ejercerán estos señores para que la lengua afuera que los identifica en el mundo quepa,
además de en las suburbanas remeras adolescentes, en el mismísimo Pabellón Nacional.
Esa misma pregunta lleva tres décadas deambulando sin éxito por países y generaciones a
la búsqueda de una repuesta que se aproxime a lo racional. No hay interpretación del
todo sensata para abarcar en un solo juicio las razones por las cuales, en la misma
semana, los Stones son recibidos por el poder con pompa diplomática, en su carácter de
embajadores itinerantes y prestan su inflamable logotipo a la liturgia centroizquierdista
de uno de los partidos de oposición. Son, como fueron y serán, una puerta abierta a la
contradicción. Un pie en la calle, el otro en el jet set.
No hay que dudar al decir que los
Rolling Stones se miran obnubiladamente el ombligo convencidos de estar viendo el
espectáculo más maravilloso del mundo. Ellos son un universo con leyes propias. Siempre
estuvieron a mitad de camino entre la excentricidad retocada con inspiración (por
momentos, el show roza la vertiginosidad de un videoclip, a cuyo set de filmación se
accede cámara en mano) y la vulgaridad disfrazada de provocación (de a ratos el
escenario invita a ser espiado como si se tratara de un cabaret de bajo presupuesto). Lo
que suena es rock para mirar. Ya no existe aquella banda salvaje sonando a mil en la cueva
más rancia de la noche. El desafío que los Stones enfrentan hoy con éxito es encontrar
la manera de transmitir sentimiento desde la descomunal nave espacial a la que están
obligados a montarse durante sus conciertos. ¡Qué viaje! |